domingo, 28 de diciembre de 2014

El cuento que empezó con el final

Erase una vez que se era, como empiezan todos los cuentos contados a lo largo de la historia, con su príncipe y princesa, con su corcel blanco, con su cielo estrellado y con su felices para siempre.

Sin embargo este cuento relata mucho más allá de las alas de mariposas y las noches enteras asomada a un balcón, más allá de amores encantos y sapos, de hechizos, de nubes rosas y soles radiantes...este cuento comienza con el final.

Porque después de las páginas escritas en un cuento sin nombre, una princesa de largos cabellos rubios y rizados decidió escribir su propia historia, que jamás gustó a los editores y que hoy relato para vosotros.

Después del fueron felices y comieron perdices, nuestra princesa inventó un mundo donde había que levantarse cada mañana antes del amanecer para ganar el pan de cada día, no hay perdices en la mesas, a veces ni siquiera había un beso de buenos días mientras su príncipe aun reposaba en la cama. Era largo el camino que tenía que recorrer hasta llegar a palacio para cumplir sus funciones, limpiar cada menaje del Rey, cada lámpara y pasillo, hacer las camas revueltas de plumas. En los días de fiestas palaciega, nuestra princesa llegaba a su humilde casa bien entrada la noche, con callos en las mano, preparaba un sopa y mirando a los ojos de su príncipe siempre repetía la misma frase: Hoy ha sido un día maravilloso querido, porque Dios me ha permitido compartir un segundo contigo, te quiero. El príncipe extrañado agachaba la mirada y pensaba en las las fiestas de Palacio, en las tardes ociosa, en los jardines repletos de rosas rosas y en las damas de noche que en las noches de verano embriagaban su habitación.

Así pasaba los días nuestra princesa ante la atenta mirada de su príncipe. Los días de domingo cuando la princesa no tenía que atender a Palacio, se sentaba en su pequeño porche de madera a mirar los arboles y pájaros que cantaban frente a ella.

- Siéntate junto a mi, pequeño Príncipe y mira lo hermoso que es el mundo.

Así pasaron días, noches e incluso años,  hasta que un día la Princesa comenzó a enfermar, sus fuerzas flaqueaban, su sonrisa se apaga momentáneamente y su manos eran cada vez más débiles.

Un domingo cualquiera sentada en su porche mirando el sol, el Príncipe no puedo aguantar tanto sufrimiento de ver a su esposa apagarse lentamente. Se sentó junto a ella, tomó sus manos frías y le suplicó volver a Palacio junto a su padre.
Ella sin bajar la vista de los árboles con una voz tan dulce que hizo callar a los pájaros contestó:

-El día que elegí seguir mi cuento contigo, sabía como sería, con momentos tan duros y difíciles como los que hemos pasado y nos quedan por pasar, sabía que una pequeña mirada de amor de tus ojos me haría más feliz que cualquier Palacio de lujo y sirvientes a mis pies, que el roce de tus manos en mis manos cansadas y cada vez más viejas sería suficiente motivo para amarte el resto de mis días. Pequeño Príncipe, aquel día mi padre perdió a su Princesa, pero tu me ganaste como Mujer.
¿Ves ese camino que se pierde en la montaña? es el que recorro cada día para ir a cumplir mis obligaciones como sirvienta.  Si prefieres una princesa, corre a Palacio y pide la mano de mi hermana, es mas hermosa que yo y seguro que te hará feliz, no tendrás que tomar sopa cada noche y vivirás con todo lujo en esa cárcel de oro,

El príncipe apenado, se levanto tristemente y entró en casa, preparó dos tazas de chocolate bien caliente, con una pizca de canela y volvió junto a la princesa. Antes de dárselo cogió la mano de la Princesa y le dijo:

-Para mi siempre serás la Princesa del cuento más hermoso jamás contado, mi Palacio eres tú, mi felicidad está en tus adentros y tuve la suerte de elegir a una Mujer como compañera y no a una Princesa

La tarde llego a su fin en completo silencio, sintiéndose el uno al otro o el otro al uno y no pudieron ponerle fin a este cuento, porque el cuento empezó con el fin

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