domingo, 12 de octubre de 2014

Camino sin adios

Aprendí lo hermoso que resulta que sueltes mis mano tras una caída, que dejes de apretar mis dedos mientras te levantas del lodo donde nunca quisiste caer y que ante el titubeo agazapado en tu interior casi claves tus uñas en las palmas de mis manos.
Aprendí además a mirar la tibieza de unos ojos que por fin mira  frente a frente sin dolores ni heridas, en completa calma y con el destello de alegría que asoma tras la tormenta. Unos ojos gratos y con el único cristalino del sol reflejado en sus pupilas
Aprendí que el calor de unos dedos que se entrelaza con los míos es el signo más claro de que en algún momento todos necesitamos sentir un latido ajeno que nos devuelva la respiración, que nos de ese aliento que a veces nos falta y ese espacio de serenidad donde el silencio es sencillamente un regalo.
Aprendí que en mi camino cruzaban a diario pequeñas almas que yo siempre vi grandes e inmensas, únicas y especiales, a pesar de los arapos y jirones que colgaban de sus pecho, de las repetitivas lamentaciones que salían de sus pieles.
Sin embargo, en el diario caminar, en el tedio de cada momento sigue doliendo cómo siempre no encontrar una mirada que vuelva atrás su vista para ver si sigo andando las pisadas que yo misma incité a andar, sigue faltando esa palabra para acompañar en el viaje de la vida a esa cálida mano que en algún momento se aferró a las mías casi sin fuerzas.
Sigue siendo ese momentos agridulce de una partida sin despedida, de un adiós sin un hasta siempre, de un te quiero sin abrazo...y ver una silueta perderse en el sendero y que la bruma y el ruido de la vida, se traguen el amor de golpe.

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