martes, 27 de diciembre de 2011

La Chica del Jardín

Cada tarde paso con prisas hacia el trabajo por el jardín trasero de un centro psiquiátrico. Nunca me gustaron esos centros llenos de desgracias, de gente que no son capaces de controlar su propias babas y esfínteres y que viven encerradas en cuerpo de adultos cuando su mentes no alcanzan a recitar el abecedario.

Me decido por ese recorrido por el hermoso jardín que tiene el centro y por el aroma que desde la esquina se respira en toda la avenida cuando llega primavera. Siempre voy pensando en las tareas que dejé pendiente el día anterior, en comprar algo de comida para cenar o en llamar a esa amiga que hace días que no veo.

Día tras día mi rutina es siempre la misma, me resulta agradable ese paseo, hasta tal punto que empiezo a conocer a cada residente de ese centro desde mi lejanía. Son monótonos en sus actividades, mecánicos y suelen sentarse en grupo en una preciosas mesas de hierro blanco cuando el tiempo acompaña. En esos días, cuando los observo con sus miradas perdidas, no puedo por más que sentirme afortunada de poder andar la avenida, de ir a mi trabajo, de ser parte de una sociedad que me ofrece mucho más que un precioso jardín.

Desde hace unos días salgo antes de casa y me quedo varios minutos observando a una de las residentes. Me resulta curioso que no se relaciona con ninguno de los grupos que se sientan plácidamente a tomar el sol, se limita a estar sentada de espaldas al sol y mirar al cielo. Su gesto parece triste y algún que otro día he creído ver una lágrima asomarse a sus ojos. Me invade la pena cada vez que la veo y la compasión es lo único que me cabe en ese momento. Tan hermosa, con esa tibia piel blanca y sonrosada, con un pelo negro alborotado que le da aires de niñez, y una finas manos que continuamente acarician sus propias mejillas como queriendo consolarse ella misma. Me invade la pena, pero egoistamente respiro cada tarde por poder seguir camino del trabajo. Paso la tarde pensado en esa chica, en sus manos, en sus triste ojos vacíos, en su boca entreabierta que parece siempre suspirar.

Hoy, que ya anda cerca el verano y la noche invitaba a volver a casa paseando, cambié el transporte público por el cielo que empezaba a cargarse de estrellas y cual fue mi sorpresa que al pasar por el jardín me encontre con la misma chica, en el mismo banco mirando al cielo, con la cena sin tocar en un bandeja a sus pies y mirando igualmente al cielo.

Su ojos habían cobrado brillo y parecían expectantes, se asomaba una serena sonrisa a sus labios y sus manos jugaban con su pelo. De repente se levantó, empezó a reir, alzó sus brazos hacia la luna que se asomada tras los árboles y empezó a bailar mientras cantaba algo que no alcancé a escuchar. Volví a sentir la misma pena y compasión que horas antes, pero esta vez por mí. No recuerdo haber reído de aquella forma jamás, ni bailar con tanta alegría, ni brillar mis ojos a la luz de la noche como los de aquella chica. Me sentí tan pequeña en mi mundo perfecto que me puse a llorar pegada a verja. Me recorría un dolor inmenso que me atravesaba el pecho y era como si me hubiera quedado sin fuerzas.

No lo pensé un instante, rodeé la manzana buscando la entrada principal del centro. Necesitaba saber algo más de esa chica y calmar el dolor que me estaba invadiendo. Me abrió una mujer mayor con gesto agradable y sereno y al preguntarle por la chica del jardín sólo me respondió:

- No puedo darle mucha información señora. Esa chica llegó aquí hace un año por su propio pie, sin compañía, sin documentación ni equipaje. Tan sólo portaba un caja que no ha abierto ni ha dejado a nadie abrir. Nunca ha hablado, no sabemos ni nombre. -

No daba crédito a lo que oía. Me sentía agitada y confusa. 

-¿Y nada más? ¿En una caja  que nadie sabe lo que contiene se reduce la historia de una persona?. ¿No tiene familiares ni amigos?. ¿Nadie pregunta por ella? -

La mujer me miró con ternura y a la vez con compasión.

- Siento no poder ayudarla más señora, sin embargo, quisiera confesarle una cosa ya que la noto confusa. No debería sentir pena por esta chica. Yo misma cada noche la observo desde el porche trasero y observo cada uno de los gestos. A veces aguanto con ella hasta que despunta el día, observo como sonríe, como canta a media voz o recita hermosos poemas a la luna. Pienso que cree que la luna es su hijo, pues alza los abrazos y dice susurrando: ¡Peque, peque!. 
Sinceramente señora, son una horas que soy feliz viendo su rostro y que en cierto modo también me siento apenada por mi. Sólo en esos momentos puedo cruzar con ella alguna mirada y cuando lo he hecho , le aseguro que irradia amor y felicidad. -

Volví la vista hacia el jardín y allí estaba con sus brazos alzados.

- ¡Qué historia tan triste! - dije aliviándome un poco la propia tristeza que me invadía.

- No se sienta triste señora - dijo la mujer con más dulzura aún - La mente guarda secretos que son muy difíciles de desgranar y entender para el resto de mortales y éste, sin duda, es un bello, hermoso y feliz secreto -.

domingo, 4 de diciembre de 2011

Locuras y desconsuelos

María jamás pensó para sí misma los acontecimientos de su propia vida, las elecciones a la que la desidia diaria la someterían por siempre, ni la dureza y crueldad con la que debería de enfrentarse cada día al universo que se mostraba ante ella, pero que amaba tanto, que jamás le importó ninguna lucha con tal de ver el mundo a su manera, bajo un prisma de locura que lo envolvía todo en fantasía. No imaginó tan siquiera que tendría que luchar sin descanso alguno a contra corriente, que sería feliz con el silencio de sus labios sellados y que renunciaría gustosa a las concepciones que desde siempre le habían marcado el ritmo, aunque las voces a su alrededor hicieran un ruido estrepitoso que le dañaran el alma.

Nunca le faltó la sonrisa, que tuvo que comprar con trozos de su propia piel arrancados a tirones, pero que curaba a escondidas cada noche para no dejar ni un rastro al amanecer. Aprendió que su alegría se forjaba a base de largos llantos que le inundaba el alma cuando decidía por compañera a la soledad, que el esfuerzo diario por cuidar cada detalle, cada ser que la rodeaba, ya era suficiente apremio para levantarse cada día.

Entendió que las caricias se regalaban a diario, sin excepciones ninguna, y fueron sus manos encallándose poco a poco bajo este dogma. No serían sus caricias delicadas ni suaves, pero serian puras y sinceras. Entendió además que la primera conversación de cada día sería con su corazón y así pudo  ser su abanderada en la causa más perdida y ante cada reproche propuso un abrazo, ante cada dolor propio o ajeno tuvo un beso de gratitud y consuelo, ante cada obstáculo al que le retó la vida sacaba sus dos manos como único instrumento, se paraba en el camino, y a base de paciencia y constancia, conseguía ganar el pulso aunque todos lo dieran por perdido.

Comprendió que el amor toma formas infinitas, aunque no siempre infinitamente aceptadas, pero en su cabeza, en su nido de golondrinas que guardaba bajo el pecho, latía cada instante un corazón rebelde que no se conformaba con los cuentos de princesas y siempre quiso más, algo distinto, pero a la vez único. Y aprendió a amar sin restricciones inventando conceptos nuevos que regalaba en silencio para quien supiese escuchar.Supo callar para decirlo todo, inventar un lenguaje para sí del que pocos eran conocedores, dibujar decorados en mitad del desierto para ser feliz aunque la llamaran desdichada. Supo hacerse grande con cada pequeño detalle que la vida le regalaba y renunció cada día a grandes palacios para quedarse eternamente con su decorado de papel.

Pagaba cada mañana la aduana de la sociedad gustosamente, renunciaba a placeres para otros deseables, cargaba sobre sí cuantas inmundicias el ser humano pudiera reprocharle e incluso exponía su propio cuerpo, su propia vida, su propio dolor a los dardos envenenados de las mentes rutinarias...pero nada le importaba, ella inventaba su mundo, sus locuras, sus regalos invisibles ante los ojos humanos. Luchaba hasta la exasperación por un simple sonrisa y el mayor tesoro lo encontraba en ojos ajenos llenos de felicidad.

María no tenía cualidades que la hicieran destacar de entre la multitud, no encerraba en sí misma más secretos que tú o que yo, tan sólo tomó la vida en su sentido más puro, quitándose el miedo de los juicios ajenos y vivió por siempre con pájaros atados a sus muñecas que la hicieron volar y regalar más de un vuelo. Soñó y lo hizo realidad, y su realidad fue desde entonces un sueño.



sábado, 3 de diciembre de 2011

En tu silencio

Nadie escuchará mi nombre entre tus labios aunque me grites,  aunque el dolor te haga exclamar los versos que te escribo y las palabras que me callo, aunque el sonido lleve los tintes de mi voz en tu garganta y te parezca que resuenan mis palabras en tu interior, nadie, absolutamente nadie, oirá mi nombre en tu eco.

Nadie advertirá tu sonrisa diferente, ni encontrará en ti el mapa de mi piel y las huellas de mi ser, ni observarán en tus ojos otro cristalino, aunque me busques en el espejo, aunque me mires en trozos de ti y ni tú te reconozcas, aunque te empeñes en consagrar la experiencia, será en vano ese esfuerzo por reafirmar la existencia de lo que nunca existió.

Y me besarás en otras bocas, me mirarás en otros ojos, me abrazarás en otros cuerpos y oirás mi voz en el murmullo de las calles, sin embargo, aunque me grites, aunque desesperadamente eches a correr sin rumbo fijo, nadie sabrá que me buscas, nadie entenderá que me encontraste y aún más, incluso tú mismo, te preguntaras diariamente si existí.

Y no seré partícipe de tu vida, ni acompañante en el camino, ni testigo de tus logros y derrotas. No seré ni siquiera recuerdo cuando empieces a dudar del color de mis ojos, del sabor de mis labios, del olor de mi pelo, cuando pongas en cuestión el timbre de mi voz que tantas veces susurró un te quiero.
Y cerrarás tus ojos con fuerzas aferrándote al recuerdo que nunca encontrarás, que jamás podrás compartir ni contar.

Sin embargo, cualquier tarde perdida en las que las tormentas te dejen de azotar, sonreirás sin motivos aparente, llorarás de alegría al escuchar una canción, un perfume te hará estremecer y una palabra cambiará el sentido de la desdicha. En ese instante se disiparán las dudas, los recuerdos, las contradicciones, los esfuerzos y las luchas y aunque tú no lo sepas tendrás la certeza de que nunca me alejé, de que no fue un sueño, tan sólo tendrás la certeza de que fui tuya sin medidas.