jueves, 7 de julio de 2011

Encuentro

Hay un momento en la relación de cuantos me rodean que me sigue fascinando como a una niña. Un momento que casi nunca es apreciado pero que encierra en sí mismo el anclaje perfecto para que dos personas, desde el punto que decidan puedan conectar sinceramente.

Ese momento mágico en el que se cede, en que se dejan atrás los disfraces que construimos para que el mundo nos acepte y decidimos presentarnos desnudos ante otro ojos. Es un momento que nos llega sin previo aviso, probablemente necesitados de lo mas humano que existe, que es la aceptación de nuestra propia persona por otro iguales. En ese momento tomo conciencia de la importancia y el valor de un abrazo, de un te quiero como eres sin cambiar ni ápice de tu persona, las sonrisas lejos de ser fingidas y forzadas para agradar a cuantos nos rodean se vuelven sinceras, llenas de ternura, sin tensión y el alma se ensacha en cada inspiración del cuerpo como si quiera salirse de nuestro torso y gritar de felicidad. En ese momento otras manos son tus manos, otra piel la sientes tuya y cada mirada, cada golpe de voz, dice todo lo que tiene que decir sin mentiras ni escondites.

Me siguen enamorando unos ojos llenos de quietud frente a los mios que dan las gracias en silencio, una boca que besa con alegría de vivir cada segundo en compañía o simplemente una mano que acaricia una mejilla y capaz de parar el giro de la tierra y tomar conciencia de lo que se está viviendo.

Es cierto, no necesito nada más para reconocerme feliz, tan sólo quitarme los disfraces del diario, callar el ruido mundano que nos rodea y ensordece y encontrarme contigo que amas y me amas, que aceptas y me aceptas, que ves mis imperfecciones y me sigues considerando perfecta, que admites mis errores y sigues considerando acertado seguir a lado.

¿Que necesitas tú para reconocerte feliz?

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